jueves, 14 de diciembre de 2017

Sandra Cardozo

EL RECHAZO DEBE CAER




David solo era un adolescente cuando llegó a la batalla entre los israelitas y los filisteos. No era miembro del ejército, sino que solo les estaba llevando víveres a sus hermanos. Cuando llegó al campamento, oyó las burlas de Goliat… y preguntó quién iría a echarlo abajo. A su hermano no le gustó su inquietud. Observa lo que dice el texto: «Eliab, el hermano mayor de David, lo oyó hablar con los hombres y se puso furioso con él. Le reclamó: ―¿Qué has venido a hacer aquí?» (1 Samuel 17:28).

Esta reacción no es sorprendente si conocemos el resto de la historia. En 1 Samuel 16 se nos dice que cuando el profeta Samuel llegó a la casa de Isaí para ungir a un nuevo rey de Israel, Isaí comenzó por Eliab, el mayor de sus hijos. Eliab era el más grande, de más edad y más fuerte de los hermanos. Seguramente sería el nuevo rey. Pero Dios dijo: «No. Ese no». Sin duda alguna, Eliab se sintió despreciado. El sistema parecía estar funcionando al revés. Él no fue escogido como rey.
En cambio, lo fue el hermano más joven; el muchacho que ni siquiera estaba en la fila. Eliab se sentía rechazado, y la gente rechazada rechaza a su vez a otros.

A nadie le gusta sentir que no es lo suficientemente bueno. O listo. O deseado.
Por mucho que quisiéramos que no fueran así las cosas, las opiniones de los demás son importantes.

Una palabra de rechazo, incluso algo pequeño que no llevaba la intención de herirnos, se nos puede quedar en la mente y dolernos.
Una pequeña semilla de rechazo puede echar raíces y causar estragos en un tiempo futuro. Después de poco tiempo, olvidamos que Dios nos creó de una manera milagrosa con un propósito y con un plan. Olvidamos que Él no nos pide que nos comparemos con los demás, ni que corramos la carrera que debe correr otro. Perdemos de vista nuestro milagroso principio y nuestra nueva creación en la persona de Cristo. Muy pronto nos hallamos atormentados por este gigante del rechazo.

La experiencia de la victoria de Jesús sobre el gigante del rechazo viene de verte a ti mismo de la forma en que tu Padre celestial te ve: como su hijo muy querido y amado.

Así lo escribió Pablo: «Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria» (Romanos 8:17). Dios no te aceptó por algo que tú hubieras hecho, sino simplemente porque te amaba (lee 1 Juan 4:19). Más aún: Dios te amó tanto, que estuvo dispuesto a pagar un precio enorme para tenerte cerca de Él; la muerte de Jesús, su propio Hijo, en la cruz.

Imagínate que Jesús te susurra hoy al oído: «Yo te amo; te amo de verdad. ¡Ya me siento complacido contigo!» Te podría parecer una locura pensar que el Dios del cielo, el Creador del universo, te conoce de una manera tan personal.
Muchos de nosotros se vuelven locos cuando consiguen treinta «me gusta» en algo que han puesto en los medios sociales.
Sin embargo, el Dios del universo está al tanto de tu vida.

Incluso antes que fueras concebido, Dios quiso dejar constancia de esto y dijo: «Te escojo como mío».
Esa verdad debe cultivar una sensación de aceptación en tu interior.
Tu valor no está envuelto alrededor de lo que tú logres, sino que está anclado para siempre en el hecho de que Jesús fue entregado por ti.
Tú fuiste hecho para ser aceptado y abrazado por tu Padre celestial.
Fuiste hecho para ser amado gratuitamente. Tú vives de su aceptación, y no de la aceptación de los demás.

Cuando llegues a darte cuenta de esto, el gigante del rechazo se vendrá abajo en tu vida.
Es mi oración de que podamos vernos como el Señor nos ve, no con nuestros conceptos.
Siempre tendemos a devaluarnos cuando en realidad Dios nos ve de otra manera.

Nuestro Dios te bendiga mucho. Nos leemos pronto.



RECUERDA DIOS TE AMA Y NOSOTRAS TAMBIEN.

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1 comentario:

Sandra López

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